miércoles, 5 de diciembre de 2007

Historia en tercera persona

Hace ya algún tiempo, en un bosquecillo a las afueras de la ciudad, vivía una vieja bruja.
Un día pasó por allí un soldado que volvía a su casa tras la guerra.
Al oírlo pasar, la bruja salió de su cabaña y, acercándose a él, le propuso un trato.
El soldado desconfió al principio, pero acabó aceptando pues pensaba que la vieja no sería un gran rival si las cosas se ponían feas.
El soldado se metió en el árbol hueco que la vieja le había indicado. A pesar de ser un soldado del ejército del rey, no se podía negar que no estuviera asustado al adentrarse en lo desconocido.
Una vez dentro del árbol, descubrió tesoros por doquier. La vieja no le había mentido, los tesoros eran reales. Lleno de emoción empezó a coger todo el oro que podía de los cofres que encontraba. Estuvo así hasta que encontró el encendedor que la bruja le había dicho que le cogiese. Tiró de la cuerda que tenía atada a la cintura y la bruja tiró de él para que saliera.
Nada más tocar tierra firme, la bruja se acercó a él con la mano extendida. Al soldado le extrañó que un pequeño encendedor causara ese efecto sobre alguien, pues la bruja parecía estar poseída, tal era el ansia con que miraba el encendedor.
El soldado decidió averiguar que tenía en especial aquel objeto. La bruja no se lo quiso decir, por lo que el soldado decidió que lo mejor sería quedarse el encendedor y descubrirlo por sí mismo, pero para ello tendría que matar a la bruja.
Cogió la espada que tenía en el cinturón y le cortó la cabeza a la bruja.
Volvió a la ciudad con los bolsillos a rebosar de monedas de oro y de plata.
Varios días después descubrió, casi por casualidad, por que el encendedor causaba ese efecto sobre la perversa bruja, pues era un encendedor con poderes mágicos.

lunes, 3 de diciembre de 2007

El encendedor de yesca

Iba yo el otro día caminando tan tranquilo por un bosque cuando me encuentro con una vieja que me asegura que es una bruja.
Me contó que por ahí cerca había un árbol que estaba hueco. En su interior había tesoros infinitos.
Me propuso un trato: yo me tenía que meter en el árbol, con una cuerda atada a la cintura para poder salir, y cogía todos los tesoros que quisiera. La única condición era cogerle a la bruja un encendedor de yesca que, según ella, había pertenecido a su abuela.
Al principio me costó creerlo pero acabé aceptando.
Me metí en el árbol y, al llegar abajo, me quedé fascinado con todos los tesoros que a mi alrededor había.
Empecé a coger todo lo que podía.
Cuando ya no podía acarrear nada más, tiré de la cuerda y cogí el encendedor. La vieja bruja me quitó enseguida del árbol.
Extendió la mano, pidiéndome el encendedor pero yo tenía curiosidad por saber que tenía en especial aquel pequeño objeto. Decidí quedármelo, para lo cual tenía que matar a la bruja.
Saqué mi espada y le corté la cabeza.
Llegué al pueblo más cercano y me dirigí a la mejor casa de la ciudad para hospedarme allí, pues ahora me lo podía permitir, pues ahora tenía mucho dinero.
Una vez hube comido todo lo que quise y hube descansado un poco, cogí el encendedor y lo froté.
De pronto aparecieron tres perros en mi habitación:
El primero tenía los ojos tan grandes como tazas de té.
El segundo, como ruedas de molino.
Y el último, como dos torres.
Esos perros estaban ahí para cumplir todos mis deseos.
Lo único que me hacía falta para ser feliz, ahora que ya tenía dinero, era poseer a la mujer más bella del mundo.
Esa mujer no podía ser otra que la bella hija del rey, la princesa.
Esa misma noche, uno de los perros fue a buscarla a su castillo, donde vivía encerrada y aislada del mundo, y la trajo junto a mí. Al vernos nos enamoramos.
Todas las noches, uno de los perros la iba a buscar al castillo y la traía junto a mi, al terminar la noche, la devolvía a sus aposentos.
Al cabo de algún tiempo decidimos dejar de vernos a escondidas y nos casamos.
A la mesa de la boda estaban, como no, los tres perros.