Hace ya algún tiempo, en un bosquecillo a las afueras de la ciudad, vivía una vieja bruja.
Un día pasó por allí un soldado que volvía a su casa tras la guerra.
Al oírlo pasar, la bruja salió de su cabaña y, acercándose a él, le propuso un trato.
El soldado desconfió al principio, pero acabó aceptando pues pensaba que la vieja no sería un gran rival si las cosas se ponían feas.
El soldado se metió en el árbol hueco que la vieja le había indicado. A pesar de ser un soldado del ejército del rey, no se podía negar que no estuviera asustado al adentrarse en lo desconocido.
Una vez dentro del árbol, descubrió tesoros por doquier. La vieja no le había mentido, los tesoros eran reales. Lleno de emoción empezó a coger todo el oro que podía de los cofres que encontraba. Estuvo así hasta que encontró el encendedor que la bruja le había dicho que le cogiese. Tiró de la cuerda que tenía atada a la cintura y la bruja tiró de él para que saliera.
Nada más tocar tierra firme, la bruja se acercó a él con la mano extendida. Al soldado le extrañó que un pequeño encendedor causara ese efecto sobre alguien, pues la bruja parecía estar poseída, tal era el ansia con que miraba el encendedor.
El soldado decidió averiguar que tenía en especial aquel objeto. La bruja no se lo quiso decir, por lo que el soldado decidió que lo mejor sería quedarse el encendedor y descubrirlo por sí mismo, pero para ello tendría que matar a la bruja.
Cogió la espada que tenía en el cinturón y le cortó la cabeza a la bruja.
Volvió a la ciudad con los bolsillos a rebosar de monedas de oro y de plata.
Varios días después descubrió, casi por casualidad, por que el encendedor causaba ese efecto sobre la perversa bruja, pues era un encendedor con poderes mágicos.
miércoles, 5 de diciembre de 2007
lunes, 3 de diciembre de 2007
El encendedor de yesca
Iba yo el otro día caminando tan tranquilo por un bosque cuando me encuentro con una vieja que me asegura que es una bruja.
Me contó que por ahí cerca había un árbol que estaba hueco. En su interior había tesoros infinitos.
Me propuso un trato: yo me tenía que meter en el árbol, con una cuerda atada a la cintura para poder salir, y cogía todos los tesoros que quisiera. La única condición era cogerle a la bruja un encendedor de yesca que, según ella, había pertenecido a su abuela.
Al principio me costó creerlo pero acabé aceptando.
Me metí en el árbol y, al llegar abajo, me quedé fascinado con todos los tesoros que a mi alrededor había.
Empecé a coger todo lo que podía.
Cuando ya no podía acarrear nada más, tiré de la cuerda y cogí el encendedor. La vieja bruja me quitó enseguida del árbol.
Extendió la mano, pidiéndome el encendedor pero yo tenía curiosidad por saber que tenía en especial aquel pequeño objeto. Decidí quedármelo, para lo cual tenía que matar a la bruja.
Saqué mi espada y le corté la cabeza.
Llegué al pueblo más cercano y me dirigí a la mejor casa de la ciudad para hospedarme allí, pues ahora me lo podía permitir, pues ahora tenía mucho dinero.
Una vez hube comido todo lo que quise y hube descansado un poco, cogí el encendedor y lo froté.
De pronto aparecieron tres perros en mi habitación:
El primero tenía los ojos tan grandes como tazas de té.
El segundo, como ruedas de molino.
Y el último, como dos torres.
Esos perros estaban ahí para cumplir todos mis deseos.
Lo único que me hacía falta para ser feliz, ahora que ya tenía dinero, era poseer a la mujer más bella del mundo.
Esa mujer no podía ser otra que la bella hija del rey, la princesa.
Esa misma noche, uno de los perros fue a buscarla a su castillo, donde vivía encerrada y aislada del mundo, y la trajo junto a mí. Al vernos nos enamoramos.
Todas las noches, uno de los perros la iba a buscar al castillo y la traía junto a mi, al terminar la noche, la devolvía a sus aposentos.
Al cabo de algún tiempo decidimos dejar de vernos a escondidas y nos casamos.
A la mesa de la boda estaban, como no, los tres perros.
Me contó que por ahí cerca había un árbol que estaba hueco. En su interior había tesoros infinitos.
Me propuso un trato: yo me tenía que meter en el árbol, con una cuerda atada a la cintura para poder salir, y cogía todos los tesoros que quisiera. La única condición era cogerle a la bruja un encendedor de yesca que, según ella, había pertenecido a su abuela.
Al principio me costó creerlo pero acabé aceptando.
Me metí en el árbol y, al llegar abajo, me quedé fascinado con todos los tesoros que a mi alrededor había.
Empecé a coger todo lo que podía.
Cuando ya no podía acarrear nada más, tiré de la cuerda y cogí el encendedor. La vieja bruja me quitó enseguida del árbol.
Extendió la mano, pidiéndome el encendedor pero yo tenía curiosidad por saber que tenía en especial aquel pequeño objeto. Decidí quedármelo, para lo cual tenía que matar a la bruja.
Saqué mi espada y le corté la cabeza.
Llegué al pueblo más cercano y me dirigí a la mejor casa de la ciudad para hospedarme allí, pues ahora me lo podía permitir, pues ahora tenía mucho dinero.
Una vez hube comido todo lo que quise y hube descansado un poco, cogí el encendedor y lo froté.
De pronto aparecieron tres perros en mi habitación:
El primero tenía los ojos tan grandes como tazas de té.
El segundo, como ruedas de molino.
Y el último, como dos torres.
Esos perros estaban ahí para cumplir todos mis deseos.
Lo único que me hacía falta para ser feliz, ahora que ya tenía dinero, era poseer a la mujer más bella del mundo.
Esa mujer no podía ser otra que la bella hija del rey, la princesa.
Esa misma noche, uno de los perros fue a buscarla a su castillo, donde vivía encerrada y aislada del mundo, y la trajo junto a mí. Al vernos nos enamoramos.
Todas las noches, uno de los perros la iba a buscar al castillo y la traía junto a mi, al terminar la noche, la devolvía a sus aposentos.
Al cabo de algún tiempo decidimos dejar de vernos a escondidas y nos casamos.
A la mesa de la boda estaban, como no, los tres perros.
viernes, 30 de noviembre de 2007
En un bosquecillo
Una pareja se dirige a caballo hacia Yamashima. Se encuentran con Tajomaru que al ver a la mujer decide apresarla pero intenta no matar al marido.
Para ello les tiende una trampa y les dice que, si lo siguen, les enseñará su tesoro.
El hombre, lleno de avaricia, lo sigue.
Tajomaru los guía hasta un bosquecillo en la montaña.
El hombre y Tajomaru se adentran en el bosque dejando atrás a la mujer. Una vez dentro, Tajomaru ata al hombre al pie de un cedro y le mete hojas en la boca para que no grite y pida socorro.
Vuelve al lugar donde habían dejado a la mujer y, diciéndole que su marido está enfermo, la guía hacia donde se encuentra el hombre.
Una vez delante del marido, Tajomaru viola a la mujer. El hombre no puede hacer nada por evitarlo, pues sigue atado. Cuando acaba, Tajomaru se va dejandolos a los dos con vida, pero la mujer, por vergüenza, le dice que si mata a su marido se podrá casar con ella. Tajomaru acepta y, desatando al hombre, se bate en duelo con él.
Mientras se baten, la mujer se escapa, dejándolos solos. Tajomaru vence al marido y, al ver que la mujer ha desaparecido, decide irse y dejar el cuerpo tirado pero antes le roba la espada, el arco y las flechas. Después se va dejando el cuerpo del hombre para que, más tarde, lo encuentre un leñador y decida avisar a la policía.
Para ello les tiende una trampa y les dice que, si lo siguen, les enseñará su tesoro.
El hombre, lleno de avaricia, lo sigue.
Tajomaru los guía hasta un bosquecillo en la montaña.
El hombre y Tajomaru se adentran en el bosque dejando atrás a la mujer. Una vez dentro, Tajomaru ata al hombre al pie de un cedro y le mete hojas en la boca para que no grite y pida socorro.
Vuelve al lugar donde habían dejado a la mujer y, diciéndole que su marido está enfermo, la guía hacia donde se encuentra el hombre.
Una vez delante del marido, Tajomaru viola a la mujer. El hombre no puede hacer nada por evitarlo, pues sigue atado. Cuando acaba, Tajomaru se va dejandolos a los dos con vida, pero la mujer, por vergüenza, le dice que si mata a su marido se podrá casar con ella. Tajomaru acepta y, desatando al hombre, se bate en duelo con él.
Mientras se baten, la mujer se escapa, dejándolos solos. Tajomaru vence al marido y, al ver que la mujer ha desaparecido, decide irse y dejar el cuerpo tirado pero antes le roba la espada, el arco y las flechas. Después se va dejando el cuerpo del hombre para que, más tarde, lo encuentre un leñador y decida avisar a la policía.
miércoles, 28 de noviembre de 2007
Historia hecha tomando otra de referencia
HISTORIA DE REFERENCIA:
Me subí al coche, mientras mi padre cerraba el maletero. No me lo podía creer, iba a ir a un concierto de mi grupo favorito. Apenas tardamos una hora en llegar, durante el trayecto mi padre me advirtió de que tuviera cuidado. Me bajé del coche y fui corriendo a la cola, donde se encontraban mis amigas. Habían dormido allí esa noche y estábamos de primeras en la fila. Me senté a su lado y apoyé mi espalda en un escaparate, dónde se podía ver la cafetería. Pasamos la mañana jugando a las cartas y escuchando música. A la hora de la comida, mi padre nos trajo unos bocadillos.Cuando se acercaba la hora del concierto, nos levantamos para prepararnos s entrar. Todas gritábamos el nombre de nuestro grupo. De repente oí un ruido a mis espaldas, y me giré. La vidriera de la cafetería, se rompía en mil pedazos.
MI HISTORIA:
Acabé de arreglarme y me subí al coche que me llevaría al concierto de Tokio Hotel. No me lo podía creer. Después de tanto tiempo esperando, por fin los iba a conocer.
Al llegar a la cola descubrí que mis amigas: Tamara,Sarah y Alma, estaban ya de primeras. Habían pasado allí la noche para poder coger un buen sitio. Me acerqué a ellas y nos pusimos a hablar. Pasamos toda la tarde jugando a las cartas y hablando sobre el grupo y sobre el concierto que se avecinaba. Detrás de nosotras había una cafetería donde estábamos apolladas. Llegó la hora de entrar. No nos podíamos creer que fueramos a conocer a Bill, el cantante. Un ruído a nuestras espaldas nos sobresaltó. Nos dimos la vuelta y vimos como el escaparate de la cafetería donde habíamos estado apoyadas dos minutos antes, se rompia en mil pedazos sobre nosotras.
Me subí al coche, mientras mi padre cerraba el maletero. No me lo podía creer, iba a ir a un concierto de mi grupo favorito. Apenas tardamos una hora en llegar, durante el trayecto mi padre me advirtió de que tuviera cuidado. Me bajé del coche y fui corriendo a la cola, donde se encontraban mis amigas. Habían dormido allí esa noche y estábamos de primeras en la fila. Me senté a su lado y apoyé mi espalda en un escaparate, dónde se podía ver la cafetería. Pasamos la mañana jugando a las cartas y escuchando música. A la hora de la comida, mi padre nos trajo unos bocadillos.Cuando se acercaba la hora del concierto, nos levantamos para prepararnos s entrar. Todas gritábamos el nombre de nuestro grupo. De repente oí un ruido a mis espaldas, y me giré. La vidriera de la cafetería, se rompía en mil pedazos.
MI HISTORIA:
Acabé de arreglarme y me subí al coche que me llevaría al concierto de Tokio Hotel. No me lo podía creer. Después de tanto tiempo esperando, por fin los iba a conocer.
Al llegar a la cola descubrí que mis amigas: Tamara,Sarah y Alma, estaban ya de primeras. Habían pasado allí la noche para poder coger un buen sitio. Me acerqué a ellas y nos pusimos a hablar. Pasamos toda la tarde jugando a las cartas y hablando sobre el grupo y sobre el concierto que se avecinaba. Detrás de nosotras había una cafetería donde estábamos apolladas. Llegó la hora de entrar. No nos podíamos creer que fueramos a conocer a Bill, el cantante. Un ruído a nuestras espaldas nos sobresaltó. Nos dimos la vuelta y vimos como el escaparate de la cafetería donde habíamos estado apoyadas dos minutos antes, se rompia en mil pedazos sobre nosotras.
La estatua
Esta historia comienza en un pequeño pueblo llamado Halle.
Tomás, un campesino pobre, cae borracho sobre la mesa de su cocina. Lo que más le gustaba hacer desde que su mujer, Mita, había muerto un año antes era, era emborracharse.
Su mujer había muerto a causa de una gripe muy fuerte que el año anterior se había extendido por su pueblo. Al morir, Tomás le había construido una estatua de oro con todo lo que tenían ahorrado, aunque no era mucho.
La estatua era igual que su mujer fallecida y Tomás no se cansaba de mirarla.
Esa misma noche, Tomás tuvo una visión. Un hada se le apareció en su sueño y le dijo que, desde esa noche, sus sueños se harían realidad. Al despertar, Tomás pensaba que ese sueño lo había provocado el alcohol y no le dio importancia.
Estuvo todo el día trabajando pero al llegar a su casa por la noche, vio a su mujer fallecida sentada en la cama.
Tomás no se lo podía creer. Pero no era un sueño, ella era real.
Tomás se preguntó como era posible que Mita estuviera ahí si estaba muerta.
Ella le contestó que, como se había gastado todos sus ahorros en construir la escultura, las hadas habían decidido concederle un deseo y, como su mayor deseo era que su mujer reviviera, lo hicieron realidad.
Pero había una condición. Su mujer solo podía revivir de noche.
Desde ese día, Tomás pasa las noches con su mujer y durante el día ella se convierte de nuevo en estatua de oro.
Tomás, un campesino pobre, cae borracho sobre la mesa de su cocina. Lo que más le gustaba hacer desde que su mujer, Mita, había muerto un año antes era, era emborracharse.
Su mujer había muerto a causa de una gripe muy fuerte que el año anterior se había extendido por su pueblo. Al morir, Tomás le había construido una estatua de oro con todo lo que tenían ahorrado, aunque no era mucho.
La estatua era igual que su mujer fallecida y Tomás no se cansaba de mirarla.
Esa misma noche, Tomás tuvo una visión. Un hada se le apareció en su sueño y le dijo que, desde esa noche, sus sueños se harían realidad. Al despertar, Tomás pensaba que ese sueño lo había provocado el alcohol y no le dio importancia.
Estuvo todo el día trabajando pero al llegar a su casa por la noche, vio a su mujer fallecida sentada en la cama.
Tomás no se lo podía creer. Pero no era un sueño, ella era real.
Tomás se preguntó como era posible que Mita estuviera ahí si estaba muerta.
Ella le contestó que, como se había gastado todos sus ahorros en construir la escultura, las hadas habían decidido concederle un deseo y, como su mayor deseo era que su mujer reviviera, lo hicieron realidad.
Pero había una condición. Su mujer solo podía revivir de noche.
Desde ese día, Tomás pasa las noches con su mujer y durante el día ella se convierte de nuevo en estatua de oro.
Historia con final abierto
-¡No!, ¡No te voy a llevar!
El grito de la madre resonó por toda la cocina. La hija le había preguntado si podía ir a un concierto que Tokio Hotel, su grupo favorito, daba en Lyón, Francia.
-No voy a ir yo sola con dos adolescentes a un concierto y en un país que no conozco-continuó la madre sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
-Pero…¿Y si te acompañase un adulto?
La niña no se iba a rendir tan rápidamente pues quería y tenía que ir a ese concierto y su amiga también. Pero sus respectivos padres no les dejaban.
La hija pensó enseguida en su tío Genaro, que le había dicho hace poco que tenía ganas de ir a un concierto. Sí, seguro que su tío las llevaría.
Al día siguiente, las dos amigas fueron a dar un paseo y se encontraron por la calle con Genaro. Las dos le pidieron que las acompañara pero él no podía porque ese día trabajaba pero les dijo que llamaría a sus madres para convencerlas.
Esa misma noche las llamó.
Estuvieron más de media hora hablando por el teléfono para intentar convencer a la madre pero ella seguía empeñada en no ir. Todo fue inútil. No podrían ir al concierto de Tokio Hotel. Nadie más podía acompañarlas, o al menos no se les ocurría nadie.
Pero el cumpleaños de la niña se acercaba, las entradas eran fáciles de conseguir en la reventa y, lo más importante, no pasaba nada porque su tío faltara un par de días al trabajo…
El grito de la madre resonó por toda la cocina. La hija le había preguntado si podía ir a un concierto que Tokio Hotel, su grupo favorito, daba en Lyón, Francia.
-No voy a ir yo sola con dos adolescentes a un concierto y en un país que no conozco-continuó la madre sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
-Pero…¿Y si te acompañase un adulto?
La niña no se iba a rendir tan rápidamente pues quería y tenía que ir a ese concierto y su amiga también. Pero sus respectivos padres no les dejaban.
La hija pensó enseguida en su tío Genaro, que le había dicho hace poco que tenía ganas de ir a un concierto. Sí, seguro que su tío las llevaría.
Al día siguiente, las dos amigas fueron a dar un paseo y se encontraron por la calle con Genaro. Las dos le pidieron que las acompañara pero él no podía porque ese día trabajaba pero les dijo que llamaría a sus madres para convencerlas.
Esa misma noche las llamó.
Estuvieron más de media hora hablando por el teléfono para intentar convencer a la madre pero ella seguía empeñada en no ir. Todo fue inútil. No podrían ir al concierto de Tokio Hotel. Nadie más podía acompañarlas, o al menos no se les ocurría nadie.
Pero el cumpleaños de la niña se acercaba, las entradas eran fáciles de conseguir en la reventa y, lo más importante, no pasaba nada porque su tío faltara un par de días al trabajo…
viernes, 23 de noviembre de 2007
Relato largo
Esta historia ocurrió una tarde de verano de hace ya diez años. Estábamos en el parque con mi abuela. Mi hermana me tiraba de la manga de la camisa para que la acompañara a los columpios.
Yo le propuse echar una carrera y ella aceptó. Enseguida empezó a correr. Como vio que yo no la adelantaba miró para atrás, buscándome con la mirada. Yo vi que tenía una farola justo enfrente. Grité para prevenirla pero ya era demasiado tarde y mi hermana se dio de bruces con la farola.
Enseguida llegó mi abuela y la cogió en brazos.
Nos llevó al hospital más cercano y allí le dieron unos cuantos puntos en la frente a mi hermana y le pusieron un esparadrapo que casa abultaba más que ella.
Cuando nos pasó a todos el susto, empezamos a meternos con ella preguntándole por qué no se había apartado la dichosa farola de su camino.
Aún hoy en día nos metemos con ella a causa de la farola…
Yo le propuse echar una carrera y ella aceptó. Enseguida empezó a correr. Como vio que yo no la adelantaba miró para atrás, buscándome con la mirada. Yo vi que tenía una farola justo enfrente. Grité para prevenirla pero ya era demasiado tarde y mi hermana se dio de bruces con la farola.
Enseguida llegó mi abuela y la cogió en brazos.
Nos llevó al hospital más cercano y allí le dieron unos cuantos puntos en la frente a mi hermana y le pusieron un esparadrapo que casa abultaba más que ella.
Cuando nos pasó a todos el susto, empezamos a meternos con ella preguntándole por qué no se había apartado la dichosa farola de su camino.
Aún hoy en día nos metemos con ella a causa de la farola…
miércoles, 21 de noviembre de 2007
Relato corto
Estábamos en el parque. Queríamos llegar a los columpios y echamos a correr. Mi hermana miró hacia atrás buscándome con la mirada.
Yo grité:
-Patricia, ¡¡cuidado!!
Pero ya era tarde. Se dio con toda la cara en una farola.
Tuvimos que llevarla al hospital y allí le dieron puntos. No pasó nada, todo fue un susto.
Yo grité:
-Patricia, ¡¡cuidado!!
Pero ya era tarde. Se dio con toda la cara en una farola.
Tuvimos que llevarla al hospital y allí le dieron puntos. No pasó nada, todo fue un susto.
El Porquerizo
La princesa había sido expulsada del castillo junto con el porquerizo. Esta era la noticia que corría de boca en boca.
Todos se preguntaban como sobreviviría la hija del emperador fuera de su castillo. Tenían el consuelo de que, por lo menos, no estaba sola.
Lo que no sabían era que el porquerizo la había dejado sola para irse a su castillo, después de haberle dicho que era un príncipe.
La princesa se lamentaba por haberle dado 100 besos al que ella creía que era un porquerizo, solo por conseguir uno de los regalos que el príncipe-porquerizo había construido. Cuando le estaba dando los 100 besos el emperador la había visto. Antes de eso le había dado 10 besos mientras sus doncellas les tapaban, para conseguir un puchero con cascabeles. El príncipe había hecho todo esto porque cuando había ido al castillo a pedirle la mano a la princesa y le había llevado regalos, ella lo había rechazado, liberó al pajarillo, uno de los regalos, y dijo que la rosa era artificial, por lo que el príncipe se había disfrazado de porquerizo y había entrado a vivir en el castillo. Ahí había empezado todo.
Todos se preguntaban como sobreviviría la hija del emperador fuera de su castillo. Tenían el consuelo de que, por lo menos, no estaba sola.
Lo que no sabían era que el porquerizo la había dejado sola para irse a su castillo, después de haberle dicho que era un príncipe.
La princesa se lamentaba por haberle dado 100 besos al que ella creía que era un porquerizo, solo por conseguir uno de los regalos que el príncipe-porquerizo había construido. Cuando le estaba dando los 100 besos el emperador la había visto. Antes de eso le había dado 10 besos mientras sus doncellas les tapaban, para conseguir un puchero con cascabeles. El príncipe había hecho todo esto porque cuando había ido al castillo a pedirle la mano a la princesa y le había llevado regalos, ella lo había rechazado, liberó al pajarillo, uno de los regalos, y dijo que la rosa era artificial, por lo que el príncipe se había disfrazado de porquerizo y había entrado a vivir en el castillo. Ahí había empezado todo.
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