lunes, 19 de mayo de 2008

Que pasaría si...

Era imposible, lo que intentaba estudiar y memorizar se me iba de la mente a los dos segundos. Y al día siguiente tenía el examen final, el más importante de todo el curso.
Seguía estudiando pero nada…no me entraba nada en la cabeza. Al día siguiente me presentaría al examen y lo suspendería, tendría que ir con la asignatura a septiembre.
Esa noche fue horrible. En mis sueños siempre aparecía la misma hoja de examen con un cero rojo arriba de todo.
Por fin dieron las ocho y me levanté para ir a clase.
A pesar de que había salido de mi casa con tiempo de sobra, llegué a clase 10 minutos tarde. La profesora me miró con unos ojos que helaban la sangre y con un tono en el que se notaba toda su rabia, me dijo:
-Llegas tarde, creo que no debería hacerte el examen.
Pero no dijo solo eso, a pesar de que no estaba moviendo los labios, oí en mi cabeza su voz, como si pudiera leer sus pensamientos: “Esta chica siempre me ha caído como el culo. Me alegro que sea tan mala en mi asignatura, me encanta cuando tengo que ponerle un cero”.
Me quedé como congelada en la puerta. ¿Qué acababa de pasar?, ¿Eso que había oído eran los pensamientos de esa bruja? No, no podía ser. Seguro que había sido una imaginación.
La profesora seguía mirándome y yo la miraba a ella:
-¿Qué te pasa?-dijo-, ¿Vas a estar ahí quieta todo el día o qué?
“Esto es una pérdida de tiempo, ¿para que le hago el examen si se que lo va a suspender? ¿Y por que me mira con esa cara de alucinada?”
No, no podía ser una alucinación porque me había vuelto a pasar.
¡Podía oír los pensamientos de mi profesora!
Enseguida entré en clase y me senté en primera fila. Otro pensamiento me vino a la mente: “Esta niña es muy rara, ¿Por qué se sienta en primera fila?”
Me entregó la hoja del examen y yo le di las gracias con una sonrisa: “Sí, es tonta perdida. ¿A qué viene esa estúpida sonrisa en su estúpida cara?”
Parecía desconcertada y yo me reí aún más.
Miré el examen y luego la miré a ella.
Sus pensamientos acudieron de nuevo a mi mente y en ellos venía la respuesta a todas las preguntas del examen. Ella no lo sabía pero, indirectamente, me estaba diciendo todo lo que yo necesitaba saber para aprobar.
Empecé a escribir, los pensamientos de la profesora que seguían acudiendo a mi mente, mostraban su perplejidad por todo lo que estaba escribiendo.
La profesora no paraba de mirarme pensando que le debía de estar poniendo cualquier otra cosa que no tuviera que ver con el examen.
Por fin acabé el examen y, sin necesidad de repasarlo, se lo entregué a aquella vieja bruja. Me arrebató el examen de las manos y empezó a corregirlo.
Su cara pasó del asombro a la perplejidad absoluta.
Me miró a le cara extrañada, como pidiéndome una explicación y yo, aguantándome la risa, le dije:
-Es que he estudiado mucho para este examen.
La profesora se agachó sobre el examen y, asombrosamente, me puso un diez.
-Espero que no bajes el ritmo de estudio.
Desde ese día saco las mejores notas de la clase pero solo en esa asignatura pues es a la única profesora a la que le puedo leer los pensamientos.

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