Iba yo el otro día caminando tan tranquilo por un bosque cuando me encuentro con una vieja que me asegura que es una bruja.
Me contó que por ahí cerca había un árbol que estaba hueco. En su interior había tesoros infinitos.
Me propuso un trato: yo me tenía que meter en el árbol, con una cuerda atada a la cintura para poder salir, y cogía todos los tesoros que quisiera. La única condición era cogerle a la bruja un encendedor de yesca que, según ella, había pertenecido a su abuela.
Al principio me costó creerlo pero acabé aceptando.
Me metí en el árbol y, al llegar abajo, me quedé fascinado con todos los tesoros que a mi alrededor había.
Empecé a coger todo lo que podía.
Cuando ya no podía acarrear nada más, tiré de la cuerda y cogí el encendedor. La vieja bruja me quitó enseguida del árbol.
Extendió la mano, pidiéndome el encendedor pero yo tenía curiosidad por saber que tenía en especial aquel pequeño objeto. Decidí quedármelo, para lo cual tenía que matar a la bruja.
Saqué mi espada y le corté la cabeza.
Llegué al pueblo más cercano y me dirigí a la mejor casa de la ciudad para hospedarme allí, pues ahora me lo podía permitir, pues ahora tenía mucho dinero.
Una vez hube comido todo lo que quise y hube descansado un poco, cogí el encendedor y lo froté.
De pronto aparecieron tres perros en mi habitación:
El primero tenía los ojos tan grandes como tazas de té.
El segundo, como ruedas de molino.
Y el último, como dos torres.
Esos perros estaban ahí para cumplir todos mis deseos.
Lo único que me hacía falta para ser feliz, ahora que ya tenía dinero, era poseer a la mujer más bella del mundo.
Esa mujer no podía ser otra que la bella hija del rey, la princesa.
Esa misma noche, uno de los perros fue a buscarla a su castillo, donde vivía encerrada y aislada del mundo, y la trajo junto a mí. Al vernos nos enamoramos.
Todas las noches, uno de los perros la iba a buscar al castillo y la traía junto a mi, al terminar la noche, la devolvía a sus aposentos.
Al cabo de algún tiempo decidimos dejar de vernos a escondidas y nos casamos.
A la mesa de la boda estaban, como no, los tres perros.
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1 comentario:
Esta historia me recuerda mucho a Harry Potter y la pidera filosofal.
Por Flufy, el perro de tres cabezas.
xDDDDDDDDDDDDD
Adióóós!
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