Hollín estaba en la plaza, jugando con el fuego como era su costumbre, cuando apareció la mujer más cotilla del pueblo, que vivía dos casas más abajo que Hollín. Hacía tiempo que la mujer le quería echar una buena bronca a Hollín y ahora no iba a perder la oportunidad de echarle una reprimenda.
-¡Oye, tú, niño!- dijo la señora- ¡Ven aquí!
-¿Qué desea, señora?- preguntó Hollín, sorprendido- ¿Desea que le haga algún truco con el fuego?, ¿O prefiere que le lleve la bolsa de la compra?- añadió al ver la bolsa que la señora llevaba en la mano.
-No, no es eso. Quiero que me expliques porqué no estas en el colegio.
-Porque el colegio no me gusta- respondió el chiquillo más sorprendido aún.
-Pero aunque no te guste tienes que ir, o acabarás convertido en un tragafuegos de poca monta.
-¿Y qué hay de malo en eso? Es mi vida, no la suya, y yo decido en ella.
-¿Quieres que hable con tu madre y le diga que haces en lugar de ir al colegio?
-No.
-Pues vete ahora mismo a clase o se o diré a tu madre. ¿Entendido?
Hollín miró a la señora con profundo odio. La mujer lo miró a él a su vez y repitió la pregunta:
-¿Tienes cera en los oídos o que?, ¿Quieres que se lo diga a tu madre?- Hollín negó con la cabeza.- Pues vete ahora mismo a clase. Y que no vuelva a verte por aquí en horario escolar o, créeme que tu madre se enterará de lo que haces para suspender todo.
-Sí…señora.
-Y abandona a ese bicho salvaje que tienes como mascota.
-Esta bien- contestó Hollín apretando los puños.
La señora le dirigió una falsa sonrisa y, a continuación, se dio media vuelta para irse, dejando a Hollín allí plantado con su adorado hurón encaramado a su hombro.
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